Dulce desastre

Filosofía urbana sin pretensiones

El valor de no tener valor

En esto de vivir siempre ha habido cobardes y valientes. Pero nunca ha sido fácil distinguir unos de otros, porque los cobardes nunca admiten que lo son, mientras que los valientes no se precian de serlo. Así que sólo la ida y las circunstancias permiten que cada cual se demuestre a sí mismo y a los demás cuál es su naturaleza.

El problema es que la imagen del valor casi siempre parte de un punto de vista parcial, heroico, de película en blanco y negro. Ser valiente no es enfrentarte a cinco tipos a la vez para rescatar a la chica, tiene más que ver con ser capaz de afrontar con buen ánimo lo que le vida te depara y ser capaz de ganarle la partida algunas veces, a costa de jugarte algo mucho más importante que la honra, la fama o incluso el físico: los sentimientos.

El cobarde se los guarda y se protege bien el pecho, para evitar el dolor que llega o que podría llegar. No arriesga, es conservador y mide el alcance de lo que siente o hace sentir. Le preocupa perder más de lo que le gustaría ganar, y por eso rara vez consigue otra cosa que reprocharse a sí mismo no haberlo intentado más o mejor.

Y el valiente se entrega a pecho descubierto, con pocas precauciones, sabiendo que el premio es enorme y que la derrota es el dolor pasajero convertido después en experiencia útil y provechosa. No especula con su sentimientos ni juega con los ajenos. Busca el camino más corto hacia el sueño de ser la mitad de una historia hermosa, transitoria en el tiempo y eterna en lo sentido. Llora a veces y ríe a menudo, siente mucho y con frecuencia algo increíble. Y tras cada fracaso se rehace pensando en lo bonito que fue antes que en lo maravilloso que pudo haber sido.

Porque lo cierto es que el miedo te ayuda a sobrevivir, pero rara vez te ayuda a vivir. Y mucho menos a amar.

Julio 24, 2009 Publicado por Manu | Teorías sobre la vida | , | Aún no hay comentarios

La isla perdida

La isla encantada seguirá estando allí, envuelta en un halo de tranquilidad, acariciando y adormeciendo los sentidos. Y siempre tendrá para mí los rasgos dulces del amor perdido pero no olvidado, con la piel suave que abracé tantas veces y la caricia de los ojos que me miraron con enorme cariño durante tanto tiempo. Mientras el corazón drena la tristeza, la cabeza apela a los buenos recuerdos y a los sueños compartidos, que ahora hay que desalojar con mimo y cuidado. A fin de cuentas, así es como se recolocan las cosas valiosas y frágiles.

Por eso merodea un gato negro llamado Marvin y en el suelo están desplegados los planos de ciudades que estaban en el horizonte. Hay dos niños pequeños que buscan a su madre y suena de fondo una suave melodía de bossa nova. La vida que podía haber sido se dibuja despacio pero con claridad ante mí, con una sonrisa que viene en mi auxilio en los malos días y con besos que me transportan al mundo que sólo existe gracias a ella. Y la melancolía empapa el ambiente lentamente, a medida que la ensoñación se diluye en el final del amor y en cientos de kilómetros.

Quedan los recuerdos de ciudades en las que quisimos ser eternos, las noches en las que fuimos mucho más que dos, y los aeropuertos amados y odiados por igual. La vida ya no será lo mismo, porque los castillos en el aire se esfuman con su princesa dentro de ellos, y porque la estrella regresa al cielo del que cayó. Tuve suerte y pude vivirlo. Y a veces pienso que eso es mucho más de lo que merecía.

Julio 22, 2009 Publicado por Manu | Teorías sobre la vida | , , | 1 comentario

Cursos de ética periodística

Los periodistas tendemos a polemizar sobre nuestra profesión a menudo. Y algunos temas son recurrentes, regresan al cabo del tiempo y los tratamos como si en realidad nunca nos hubiéramos enfrentado a ellos. Eso es lo que está sucediendo con el debate originado en torno a la publicación por parte de varios medios digitales de una imagen que mostraba al muchacho corneado y muerto por un toro en uno de los encierros de sanfermines.

En lainformacion.com no publicamos esa foto, porque entendimos que era terrible y no aportaba nada al contenido informativo. Aunque sí pudo verse en portada, debido a que fue agregada automáticamente por el sistema que recoge contenidos de agencias y otros medios de comunicación, algo de lo que sacaremos nuestra propia lección. En todo caso, fuimos de los pocos medios españoles digitales de cierta importancia que no la utilizaron para ilustrar la noticia, y en casi todos los demás se vio en algún momento del día la imagen del muchacho, ensangrentado y con el cuello desjarretado por la cornada. Hasta ahí los hechos, y a partir de ese punto, vengan las consideraciones.

La ética de cada cual es patrimonio personal, y la ética de un medio es casi siempre la que determine quien paga o quien dirige, con holgura variable en función de aspectos que a veces tienen trasfondos poco presentables. Partiendo de esa base, me siento afortunado de que mi punto de vista moral sobre la publicación o no de esa imagen haya coincidido con el del medio en el que trabajo. Esa foto hiere la sensibilidad de cualquiera y es especialmente trágica para los allegados de la víctima, algunos de los cuales se enteraron por ella de que precisamente ese muchacho se había dejado la vida de esa forma tan absurda. Y por eso corresponde hablar y debatir acerca de si era necesario o no que esa foto asaltara a miles de internautas al abrir sus diarios digitales favoritos, si realmente no hubieran sentido la misma consternación por la muerte de ese chico si la foto hubiera sido de un lance anterior en el encierro.

Y, como siempre, hay y habrá argumentos para todos los gustos. Los míos conciden con los de mi medio, con lo que puedo sentirme satisfecho y orgulloso de trabajar ahí. Porque me resultaría difícil asimilar que trabajo en un medio que considera que informa mejor a sus lectores si vulnera la intimidad y la dignidad de alguien que ha muerto en unas circunstancias lamentables. Afortunadamente, no es así.

Julio 11, 2009 Publicado por Manu | Periodismo | , | Aún no hay comentarios