Dulce desastre

Filosofía urbana sin pretensiones

Los niños de Facebook

An infant being immunized in Bangladesh

Image via Wikipedia

Ellos no lo saben, pero son la primera generación cuya vida está compartida en imágenes desde su primer instante de vida, o incluso antes. Son los bebés que han nacido o que nacerán en estos tiempos de redes sociales, en los que apetece compartir mucho y sobre todo los motivos de alegría, como es el de un recién llegado a la familia. Cuando sean mayores quizás el mundo sea diferente, pero de momento sus padres los muestran orgullosos, en una extensión más cómoda y llevadera de la tradicional salva de imágenes que suelen enseñar a las visitas que aparecen por casa.

Varios de mis contactos han sido o serán próximamente padres. Y otros tantos se han animado a colgar fotos de los hijos que ya tenían para compartir la alegría de su paternidad con sus familiares, amigos y conocidos. Ninguno de esos pequeños es consciente de que su imagen está expuesta a los comentarios de esos allegados, a los que quizás apenas conocen todavía. Y seguramente crecerán con la sensación de que eso es lo normal, de modo que quizás en unos años la privacidad se interprete de una forma distinta a como lo hacemos ahora. La cuestión es que son el futuro, los que antes o después se encargarán de que esto siga adelante en las mejores condiciones posibles. Y por primera vez en la historia, podemos verlos crecer casi en tiempo real.

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Agosto 30, 2009 Publicado por Manu | Redes sociales | | Aún no hay comentarios

Vosotr@s

Our computers II

Image by aranarth via Flickr

De vez en cuando, alguien escribe un comentario aquí o me hace llegar por correo alguna impresión acerca de alguna cosa que me ha leído. Y en esos momentos vuelvo a ser consciente de que hay gente que lee lo que escribo en este blog, algo que olvido con mucha frecuencia, aunque parezca mentira. Lo mejor de todo es que normalmente son cosas buenas, alguien que dice que le ha gustado algo o que comparte alguna sensación conmigo.

El caso es que siempre me ha parecido muy edificante que alguien pueda sentirse identificado por lo que escriba o que pueda resultarle interesante. A fin de cuentas, lo que se puede leer aquí son reflexiones muy personales, sensaciones más o menos íntimas que sirven para hablar de cosas que me llaman la atención, y puntos de vista acerca del mundo que me rodea. Es lo que se dice un blog personal puro y duro, sin más valor añadido que el de conocer mejor a quien lo escribe.

Un puñado de vosotr@s sois lectores clásicos, amig@s y conocid@s que a veces sabéis de mí más por lo que escribo que por lo que hablamos en persona. Son las cosas de este nuevo paradigma. Pero también hay otra gente que aparece por aquí por esa magia casual y curiosa de Google, cuando te sugiere páginas que presuntamente pueden interesarte en función de lo que buscas. De este modo han llegado últimamente bastantes personas de Sudamérica, quizás pensando encontrarse otra cosa. Al menos espero que tod@s vosotr@s, los visitantes casuales, hayáis encontrado algo que os haya merecido la pena, aunque no fuera lo que buscabais.

Y a tod@s en general, los que venís porque os apetece y los que llegáis por caminos más intrincados, quería agradeceros de corazón que paséis por aquí, y que en ocasiones me digáis que os gusta algo de lo que escribo. En realidad, mantendría este blog igualmente aunque nadie lo leyera, porque escribo por placer y no para buscar repercusión. Pero siempre está bien tener la sensación de que al otro lado alguien te lee y siente algo cuando lo hace. Qué más se puede pedir.

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Agosto 29, 2009 Publicado por Manu | Redes sociales | | Aún no hay comentarios

Tiempo

reloj edificio miller

Image by Manuel_Marin via Flickr

Es la magnitud más subjetiva del mundo, quizás porque muchos a veces ni siquiera sentimos que sea realmente objetiva. Somos tiempo, nos falta tiempo, nos sobra tiempo y necesitamos tiempo. Entre otras cosas. Las manecillas del reloj avanzan y nos echan en cara lo que aún no hemos hecho, mientras nos recuerdan lo que hicimos.

En casa de mis padres había un reloj de cocina cuyo segundero hacía un leve click en cada movimiento. En mitad de la noche, cuando iba a beber agua o a asomarme al balcón para distraer algún desvelo, sólo escuchaba ese ligero ruido. Y a veces me perdía en la impresión de estar atrapado en una doble sensación de nostalgia por lo pasado y angustia por lo venidero. Incluso en ocasiones esos sentimientos se entrecruzaban y el click del reloj pasaba a ser algo más tétrico.

Hace mucho de aquello, mucho tiempo. Pero algunas cosas siguen siendo más o menos igual. Nunca he creído en el tiempo como solución a casi nada, sino como rendición absoluta. Supongo que en eso pienso de forma diferente a casi todo el mundo, que alude al paso de los días, las semanas y los años como forma de que las heridas se cierren, las aguas vuelvan a su cauce y la memoria maquille convenientemente las cosas que antes te hacían daño, para hacerte creer que en realidad nada fue tan malo.

Pero lo cierto es que somos tiempo, envasado en un contenedor que se desgasta con el uso y con la edad. Y no hay pasado sin recuerdos ni futuro sin sueños, aunque en el fondo todo lo que tengamos sea el instante en el que podemos decir “ahora”. El tiempo no se compra, no se regala, no se pide, no se consigue. Simplemente pasa, y se lleva con él todo lo que no esté bien sujeto, como si fuera una riada constante que pasa por tu vida. Hubo un tiempo en el que no pensaba así, y quizás haya otro en el que deje de hacerlo. Pero en realidad tampoco importa demasiado.

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Agosto 28, 2009 Publicado por Manu | Teorías sobre la vida | , | Aún no hay comentarios

Mujeres de paso – 3

Cerré la puerta del ascensor antes de oír el portazo de Isabel. No creo que los vecinos estuvieran muy contentos de escuchar semejante ruido a primera hora de la mañana de un domingo. Conseguí acabar de vestirme antes de llegar a la planta baja, a pesar de los nervios, y salí lo más rápido que pude. Respiré hondo y me dirigí hacia la parada de autobús más próxima. Mientras esperaba, me prometí que nunca más volvería a verla, y me hice una pregunta que no fui capaz de responderme durante toda la espera: si no soy un cabrón, ¿por qué me he comportado con ella como si lo fuera?

Cuando por fin llegó el primer autobús de la mañana, estaba tiritando de frío. Me di cuenta de que me había dejado el abrigo en casa de Isabel. La temperatura quizás no superaba los cinco grados y yo iba en mangas de camisa. Entonces supuse que no volvería a ver aquel abrigo, y que Isabel, quizás con toda la razón, lo quemaría o lo rompería. O quizás peor, lo guardaría como único recuerdo de un tipo al que había consentido por última vez intentar marcharse de puntillas de su cama mientras ella dormía, como un ladrón o un mentiroso. Tal vez era ambas cosas.

Pagué al chófer y me coloqué en uno de los primeros asientos de la parte derecha. Me fijé en que tan sólo había otra persona en el autobús, una chica quizás algo más joven que yo, que parecía estar leyendo algo. Ella levantó la cabeza justo cuando iba a sentarme, y me miró fijamente. Después, volvió la vista hacia abajo, para volver a observarme más tarde. En otro tiempo, un mínimo gesto como ése me hubiera bastado para sentarme a su lado e intentar trabar una conversación que me hiciera más amena la media hora de viaje que me quedaba hasta mi casa. Sin embargo, aquella mañana sólo quería aprovechar aquel tiempo para pensar por qué había vuelto a equivocarme y a hacer daño a alguien que había empezado a quererme.

La calefacción del autobús me ayudó a reponerme un poco y a los pocos minutos ya estaba más relajado. Fui palpando mis bolsillos para asegurarme de que no había dejado nada más en casa de Isabel, hasta localizar mi teléfono móvil, las llaves de mi casa, la documentación, el pañuelo y el bolígrafo de Julia. Es curioso, siempre pensé que aquel regalo de otra chica a la que decepcioné me ayudaría a no volver a equivocarme de la misma forma. Siempre lo llevaba encima y lo usaba para firmar y para tomar notas.

- Hola ¿Podrías firmarme el libro?
De repente, la chica que estaba en la parte trasera del autobús se encontraba a mi lado, y tenía en sus manos un ejemplar de “Mujeres de paso”. Me sentí confuso durante unos instantes, porque aquélla era una experiencia nueva para mí. No había firmado aún ningún ejemplar. A nadie. Me dijo que se llamaba Ana. Entonces le sonreí, tomé el libro y me dispuse a firmar.

Eso es lo último que recuerdo. Me dijeron que yo fui el único superviviente del accidente y me entregaron en el hospital el libro que nunca llegué a firmar, porque creyeron que era mío. Y así es como te encontré a ti.

—–

“Mujeres de paso” es una novelita corta que estoy publicando por capítulos aquí. No sé cuánto va a durar, pero yo voy sacando lo que escribo. Si te interesa, puedes ver los capítulos anteriores aquí y aquí.

Agosto 27, 2009 Publicado por Manu | Mujeres de paso | , | Aún no hay comentarios

Romeo y Julieta

Ayer un contacto de Facebook publicó un vídeo fantástico, una versión en directo y subtitulada al castellano de “Romeo and Juliet”, de Dire Straits. Esta canción es la que hace ya muchos años me sirvió para conocer al grupo, un verano en el que un vecino se hizo con “Making movies”, el album que la banda publicó en 1980. Fue el trabajo que los lanzó a la fama y que demostró el inmenso talento de Mark Knopfler, un guitarrista superlativo y un letrista virtuoso. Pero sobre todo fue el que me hizo engancharme para siempre a una forma de componer y de entender la música, gracias a que aquel vecino lo escuchaba continuamente y el sonido llegaba a mí desde el patio interior del bloque.

La primera vez que escuché esa canción era demasiado pequeño, no tenía ni idea de inglés y sólo recuerdo la sensación de balada dulce pero a la vez un poco triste. Ni siquiera llegué a saber el nombre del tema hasta que no escuché a un locutor presentarla en una radiofórmula. Todavía tendrían que pasar algunos años para entender su significado, cuando empecé a manejarme mejor con el inglés y conseguí la letra, aunque para entonces ya la había escuchado muchas veces, y siempre me había sobrecogido de formas diferentes. Porque, a pesar de no entender lo que contaba, las guitarras de Mark Knopfler conseguían transmitirme la sensación adecuada. Como decía el contacto que publicó ayer el vídeo, él es el único que consigue hacer sonar una guitarra como la lluvia, con esos matices tan hermosos que en ocasiones son más importantes que los versos de la canción.

“Romeo and Juliet” habla de un tipo profundamente enamorado de una chica, que ya no comparte ese sentimiento, o quizás no lo hizo nunca. Es tierna y sensible, a la vez que realista y evocadora. Supongo que por eso sigue siendo una de mis canciones favoritas, y en cada escucha hay un par de instantes en los que se me pone la piel de gallina. Porque ahora la entiendo mejor que nunca.

Agosto 26, 2009 Publicado por Manu | Canciones para una vida | , | Aún no hay comentarios