Dulce desastre

Filosofía urbana sin pretensiones

Mujeres de paso – 4

Unsure cat & boy - hospital stairs, Issan, Tha...

Image by Sailing "Footprints: Real to Reel" (Ronn ashore) via Flickr

Inés se enamoró de Eduardo sin darse cuenta. Quiso conocerle porque le dijeron que su hermana había salvado involuntariamente su vida en el accidente. Cuando volcó el autobús, su cuerpo sirvió de colchón para el de aquel hombre, y eso le costó una muerte casi inmediata. Gracias a ella, Eduardo apenas tenía unos hematomas en la cara, y heridas y golpes secundarios en la parte derecha de su cuerpo.

Las visitas se prolongaron durante los tres días que duró su convalecencia. Siempre eran a primera hora de la tarde, después de que Inés hubiera comido. Gracias a su puesto como funcionaria en el Ayuntamiento, sólo trabajaba por las mañanas. Durante esos días, prácticamente no hablaron de sí mismos. Casi todas las conversaciones giraban en torno a Marta, la desafortunada hermana de Inés. Ella la describía como una chica tímida aunque alegre, noble y sensible, y Eduardo lamentaba no haberla conocido. Era una sensación extraña, sabía que le debía la vida, pero no sentía gratitud, sino una especie de nostalgia extraña, mezclada con culpabilidad.

En uno de aquellos días, se le ocurrió abrir el libro que no pudo llegar a firmar. Se fijo en que tenía claras señales de uso, incluso había anotaciones en los márgenes y algunas frases subrayadas. Lo hojeó por encima y encontró una fotografía más o menos situada en la mitad del volumen. La sacó y vio que en ella aparecía un chico atractivo, de veintitantos años, que miraba con ojos cómplices a la cámara. Se le ocurrió girarla, y vio que tras ella había escrita una frase: “ayúdame a olvidarte”.

Recordaba aquella frase como lo último que el protagonista de su libro decía a la única mujer que consideraba haber amado, antes de que ésta le dejara definitivamente, para morir poco después a causa de una enfermedad que no le había confesado tener. Quizás ella era o se sentía como una mujer de paso, y aquel hombre aún no sabía que había muerto. A saber.

No le comentó a Inés nada de todo aquello, porque ella tampoco parecía saber gran cosa de su hermana. No vivían juntas desde hacía años, porque Marta compartía piso en las afueras y su hermana vivía de alquiler al otro lado de la ciudad, según le había dicho.

La tarde anterior a que Eduardo recibiera el alta, ella le dio una tarjeta con sus números de teléfono y su dirección. Él la recogió con cierta incomodidad y le dijo que, en cuanto solucionara todo lo que había quedado pendiente tras el accidente, la llamaría para tomar un café. Mentía. Pero tampoco estaba seguro de que ella le fuera a creer. Después, se despidieron y ella se marchó a casa.

Cuando salía de la habitación, Inés vio a aquella mujer. La había encontrado allí en todos y cada uno de los días anteriores, como si fuese con la firme intención de visitar a alguien, pero en el último momento prefiriera quedarse en el pasillo. Cruzó un instante su mirada con ella, el tiempo justo para que el ascensor llegara a la planta. La desconocida la observaba desde que la vio salir de la habitación, como había hecho en los días anteriores. Cuando vio que se marchaba, se acercó a la puerta de la habitación de Eduardo y permaneció allí unos instantes. Llegó a empuñar la manilla, pero al final se volvió y llamó al ascensor. No necesitaba verlo para saber que estaba bien.

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“Mujeres de paso” es una novelita corta que estoy publicando por capítulos aquí. No sé cuánto va a durar, pero yo voy sacando lo que escribo. Si te interesa, puedes ver los capítulos anteriores por aquí:

12 - 3

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Septiembre 13, 2009 Publicado por Manu | Mujeres de paso | , | Aún no hay comentarios

Mujeres de paso – 3

Cerré la puerta del ascensor antes de oír el portazo de Isabel. No creo que los vecinos estuvieran muy contentos de escuchar semejante ruido a primera hora de la mañana de un domingo. Conseguí acabar de vestirme antes de llegar a la planta baja, a pesar de los nervios, y salí lo más rápido que pude. Respiré hondo y me dirigí hacia la parada de autobús más próxima. Mientras esperaba, me prometí que nunca más volvería a verla, y me hice una pregunta que no fui capaz de responderme durante toda la espera: si no soy un cabrón, ¿por qué me he comportado con ella como si lo fuera?

Cuando por fin llegó el primer autobús de la mañana, estaba tiritando de frío. Me di cuenta de que me había dejado el abrigo en casa de Isabel. La temperatura quizás no superaba los cinco grados y yo iba en mangas de camisa. Entonces supuse que no volvería a ver aquel abrigo, y que Isabel, quizás con toda la razón, lo quemaría o lo rompería. O quizás peor, lo guardaría como único recuerdo de un tipo al que había consentido por última vez intentar marcharse de puntillas de su cama mientras ella dormía, como un ladrón o un mentiroso. Tal vez era ambas cosas.

Pagué al chófer y me coloqué en uno de los primeros asientos de la parte derecha. Me fijé en que tan sólo había otra persona en el autobús, una chica quizás algo más joven que yo, que parecía estar leyendo algo. Ella levantó la cabeza justo cuando iba a sentarme, y me miró fijamente. Después, volvió la vista hacia abajo, para volver a observarme más tarde. En otro tiempo, un mínimo gesto como ése me hubiera bastado para sentarme a su lado e intentar trabar una conversación que me hiciera más amena la media hora de viaje que me quedaba hasta mi casa. Sin embargo, aquella mañana sólo quería aprovechar aquel tiempo para pensar por qué había vuelto a equivocarme y a hacer daño a alguien que había empezado a quererme.

La calefacción del autobús me ayudó a reponerme un poco y a los pocos minutos ya estaba más relajado. Fui palpando mis bolsillos para asegurarme de que no había dejado nada más en casa de Isabel, hasta localizar mi teléfono móvil, las llaves de mi casa, la documentación, el pañuelo y el bolígrafo de Julia. Es curioso, siempre pensé que aquel regalo de otra chica a la que decepcioné me ayudaría a no volver a equivocarme de la misma forma. Siempre lo llevaba encima y lo usaba para firmar y para tomar notas.

- Hola ¿Podrías firmarme el libro?
De repente, la chica que estaba en la parte trasera del autobús se encontraba a mi lado, y tenía en sus manos un ejemplar de “Mujeres de paso”. Me sentí confuso durante unos instantes, porque aquélla era una experiencia nueva para mí. No había firmado aún ningún ejemplar. A nadie. Me dijo que se llamaba Ana. Entonces le sonreí, tomé el libro y me dispuse a firmar.

Eso es lo último que recuerdo. Me dijeron que yo fui el único superviviente del accidente y me entregaron en el hospital el libro que nunca llegué a firmar, porque creyeron que era mío. Y así es como te encontré a ti.

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“Mujeres de paso” es una novelita corta que estoy publicando por capítulos aquí. No sé cuánto va a durar, pero yo voy sacando lo que escribo. Si te interesa, puedes ver los capítulos anteriores aquí y aquí.

Agosto 27, 2009 Publicado por Manu | Mujeres de paso | , | Aún no hay comentarios

Mujeres de paso – 2

Todos los libros

Image by malglam via Flickr

“Mi madre piensa que no echamos de menos a quienes queremos, sino a la persona que dejamos de ser cuando ellos no están cerca. Sólo ahora he empezado a estar de acuerdo con ella. Llevo semanas siendo otra persona, comportándome de otro modo, despistando a todos los que me conocen y me aprecian. Y todo porque Luis se largó un día sin más explicaciones que una mísera nota bajo el cenicero de la entrada. La nota la conservo, pero el cenicero lo tiré a la basura, porque era horroroso y a él le encantaba.

Además, mi madre también opina que el amor quita el apetito y el desamor quita el sueño. Y también en eso tengo que darle la razón. Hace demasiado tiempo que no duermo. Ni mucho ni poco, nada. El maquillaje me echa una mano hasta cierto punto, pero todo el mundo se ha dado cuenta de que tengo ojeras y estoy siempre cansada. La cama se ha hecho enorme de repente y no puedo evitar recorrerla cada noche buscando un abrazo que ya no está ahí.

Por culpa de todo esto cada vez rindo menos. Mi reportaje sobre el ganador del Ciudad de Valladolid y su libro fue espantoso. Lo releo y no me reconozco en él. Se que puedo escribir mucho mejor, y llevo años haciéndolo aquí. Ortega no me ha dicho nada de momento, pero sé que antes o después me llamará a su despacho para preguntarme qué es lo que ocurre, y por qué ahora mis piezas son un asco. Yo le diré que no me pasa nada, que atravieso un pequeño bache creativo. Él se encogerá de hombros y me dirá que se alegra de oír eso. Pero poco a poco me irán apartando de los temas más importantes, de las presentaciones de primer nivel, de las entrevistas a autores de renombre, y acabaré ocupándome de lo más mediocre de la sección. Así que más me vale espabilar antes de que mi carrera se malogre… “

- Sara, ¿cuándo hablarás con… – Ortega volteó el libro y leyó el nombre de su autor – Eduardo Sonseca? Quiero que entre en el suplemento del fin de semana que viene, como nuevo autor revelación de la temporada. Así que hazle una entrevista en profundidad, que se descubra a sí mismo. Ahora mismo nadie tiene ni puta idea de quién es, pero su libro cada vez se vende más. Quiero que mis lectores sepan todo de él antes de que empiece a pulular por programas de televisión.

Ortega no esperó a que Sara le dijera nada. Se volvió a su despacho inmediatamente y se puso a hablar por teléfono. Ella le miró y una vez más volvió a pensar que aquel tipo no merecía dirigir Cultura. Le repugnaba especialmente aquello de “mis lectores”. Ortega patrimonializaba cada persona que le echaba a un mísero vistazo a la sección del periódico o del suplemento del viernes. Y se lo apuntaba como un tanto que le mantuviera de momento al frente de la sección y le abriera las puertas de una posible promoción en el futuro.

La interrupción de su jefe hizo que Sara dejara de meditar acerca de su vida y derivara sus pensamientos hacia el trabajo. Sobre su mesa, en el epicentro de un esquemático y controlado desorden, estaba otro volumen de “Mujeres de paso”, el libro del que hablaba Ortega. Tenía 300 páginas, y una interesante mezcla de defectos de autor primerizo y virtudes de narrador experimental. La crítica lo había elogiado como el libro más interesante del año, y poco a poco estaba remontando lugares en la lista de ventas, gracias a que muchos lectores lo recomendaban a sus conocidos. No era un fenómeno editorial, pero podría ser el comienzo de una carrera interesante.

Sara había leído el libro la semana anterior y lo tenía lleno de anotaciones en los márgenes. Dentro de él había un par de folios con las preguntas que le había sugerido la lectura, anotadas a mano con bolígrafo de tinta azul. Pasó poco a poco las páginas en sentido inverso, hasta encontrarse con la cara del autor mirándola fijamente desde la fotografía de la presentación. Releyó por encima el texto, en el que se presentaba a Eduardo Sonseca como un joven periodista que siempre quiso ser escritor, y regresó a su fotografía. Aparecía sonriente, algo extraño en los autores de cualquier clase de libros, siempre con gesto serio. Pero él sonreía casi siempre, tenía esa clase de sonrisa pegajosa que se contagia fácilmente a su alrededor. Por eso un día le había querido. Y quizás por eso le daba tanto miedo entrevistarle.

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Agosto 19, 2009 Publicado por Manu | Mujeres de paso | , | 2 comentarios

Mujeres de paso – 1

Como sabéis algunos, hace algunos años intenté escribir una novela corta – cortísima. Pero abandoné el proyecto. Ahora quiero recuperarlo y cada semana publicaré por aquí un capítulo. No sé cuántos serán y ni siquiera cuál será el desarrollo o el final de la historia. Quizás eso sea lo más interesante de todo. Espero que os guste. Mujeres de paso.

Eduardo se detuvo en seco cuando escuchó la llamada de Antonio. Giró sobre sí mismo, cerró la puerta del ascensor y desanduvo algunos pasos hasta encontrarse con el portero del edificio, que tenía entre manos un ramo de doce rosas amarillas.

- Mire, don Eduardo. Le han traído esto hace un par de horas, y como no estaba en casa me lo han dejado en la portería. ¡Una docena de rosas amarillas, ahí es nada! Seguro que es alguien que le felicita por lo del libro.

Rosas Amarillas
Image by Bruno. C. via Flickr

Eduardo ignoró por una vez la habitual advertencia que hacía a Antonio para que dejara de usar el “don” y le tuteara. Sólo tenía 28 años y cuando escuchaba aquello de “don Eduardo” le daba la sensación de que le cargaban 20 más a las espaldas. Se colocó la cartera en la mano izquierda y tomó el ramo sin la más remota idea de quién podría habérselo enviado. Sin mano libre que usar, tendría que esperar a llegar a casa para leer la tarjeta que ya había localizado en el centro de la composición.

En cuanto cerró la puerta de su piso, dejó caer la cartera y llevó las flores a la cocina. Allí llenó un recipiente de agua y las colocó con mimo, después de retirar la nota, para después ubicar el conjunto sobre la mesa de la entrada. Y entonces cogió el papel y se sentó en el sofá. Lo abrió con una mezcla de ilusión e incertidumbre y leyó en voz alta:

“Enhorabuena por el libro. Me debes una entrevista y una explicación. Tú decides el orden, y yo determinaré el lugar y la fecha. Si estás de acuerdo, llámame al número que figura al dorso de la tarjeta. Soy Sara.”

Eduardo tuvo que leer varias veces el texto para creérselo. Giró la tarjeta y efectivamente allí había escrito un número de teléfono móvil. Pasó el resto de la tarde pensando si debía llamar o no. Al final recordó que al menos sí había comprometido esa entrevista, aunque fuera hace mucho tiempo, así que se sintió obligado a hacerlo. Pero no estaba tan seguro de querer ofrecer explicaciones, o más bien de que Sara pudiera aceptar las que preveía que podía pedirle.

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Agosto 15, 2009 Publicado por Manu | Mujeres de paso | , | 2 comentarios