Dulce desastre

Filosofía urbana sin pretensiones

La nieta del farero

Isla Baja

Image by Secret Tenerife via Flickr

Un relato inspirado en una isla, en una mujer y en una duda.

- Creo que es aquí-

Ella me miró un instante y se aproximó despacio al acantilado. Yo caminaba unos pasos por detrás, en silencio, consciente de que aquella tarde mi papel tenía que ser el de acompañarla, pero en ningún caso agobiarla con muestras de cariño que ahora no demandaba. Caminó hasta llegar a aquel borde escarpado y terrible, pero precioso en todo caso, y la seguí. Los dos nos detuvimos cuando fuimos capaces de ver desde ahí arriba el impresionante paisaje que surgía de aquel final de la isla. Había al menos unos 50 metros hasta el mar, con una una maraña de rocas superpuestas en las que las olas rompían con violencia. Seguramente había sido allí.

Traté de imaginar lo que ella pensaba o sentía en aquel momento. La veía absorta y sobrecogida en aquel acantilado, sintiéndose pequeña y triste a la vez. La vi otear las rocas, como si buscara algún rastro del muchacho que se habían llevado hace unas horas de aquellas rocas. Algo inútil, ya que cualquier resto de aquel suicidio se lo había llevado el mar, como casi siempre pasaba en aquella isla.

La tarde era hermosa, con sol radiante pero gentil en la temperatura, y brisa suave y fresca. El paraje era maravilloso, uno de esos vergeles que aquella isla escondía por docenas, sólo al alcance de quienes la conocen bien, y de quienes la aman. Por eso era incapaz de comprender cómo aquel chico había decidido matarse en mitad de aquella celebración armónica de la vida, igual que habían hecho otros antes que él. Todo lo que veía a mi alrededor era paradisíaco, un escenario idílico expresamente creado para soñar, y no podía entender que hubiera personas a las que les costara vivir allí, hasta el punto de renunciar.

Ese chico se llamaba Alejandro y había sido el primer amor de Laura. Tenía 25 años, trabajaba en una panadería y en los últimos tiempos se le veía triste. Pero nadie pensó que su tristeza le llevaría una mañana de agosto a ir a aquel lugar con su coche para lanzarse desde un acantilado. Sólo su madre sospechaba que algo no iba bien, y temió en algún momento que su hijo se uniera a aquella terrible lista de jóvenes suicidas, que cada cierto tiempo se incrementaba ante la incredulidad y la incomprensión de todos. Ahora estaba ingresada, tras un ataque de ansiedad.

Laura no había llorado demasiado. Me contó lo sucedido después de que su hermana la avisara y no supe muy bien qué hacer. Al rato, me pidió que la trajera aquí, para lo que me tuvo que indicar cada curva en el camino. No había demasiada gente que conociera este rincón, en el que yo suponía que los dos se habían descubierto a sí mismos y al amor, durante el par de años en el que fueron pareja. Por eso sentí una punzada de celos cuando puse pie a tierra en aquel lugar tan bonito, justo el que yo hubiera querido encontrar sólo para los dos. Pero era una sensación absurda, como lo es cualquier malestar que te cree descubrir un sitio en el que la chica a la que amas fue feliz con otra persona. Especialmente si ésta se había despeñado porque ya no soportaba la vida.

Mientras pensaba sobre estas cosas, ella se volvió y se abrazó a mí. Se echó a llorar como un niña, inconsolable y desesperada. La abracé con fuerza y sentí la humedad de sus lágrimas sobre mi mejilla y mi cuello. No dije nada porque tampoco había mucho que decir. Sólo tenía que estar ahí, manteniendo el abrazo tanto como hiciera falta, mientras ella desahogaba los sentimientos que le producía todo aquello.

Y mientras atardecía vi que el faro que estaba no muy lejos de allí comenzó a brillar. Recordé entonces la historia que me contó cuando llegué a aquella isla, cuando estaba solo y perdido, y la conocí mientras paseaba por una playa. La historia de su abuelo el farero, a quien enviaron a aquel lugar a trabajar a regañadientes, sin saber que conocería allí al amor de su vida. Exactamente como me ocurrió a mí con ella. Quise inventar metáforas con el faro, y decirle que ella iluminaba mi camino hacia casa, que me hacía sentir seguro y protegido, y mil cosas más. Pero en ese momento tan sólo pude retenerla en mis brazos y sentirme como aquel personaje de “Los dublineses”, que oía llorar a su mujer emocionada por el poder de una canción que le recordaba a su primer amor fallecido. Hoy tenía que dejarlos a solas.

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Agosto 21, 2009 Publicado por Manu | Relatos | , | Aún no hay comentarios